Blas Vidal

Texto para la muestra "El otro día"

"El otro día"es el título de esta muestra de Nicolás Guardiola. "El otro día" puede ser el recuerdo de algún ayer o el comienzo de una narración que indicará un después… los sucesos que acompañaron  o  acompañarán ese día, constituyen  el  entusiasmo del artista, si  por  entusiasmo (en-teo) entendemos esa manera de estar con dios.

La obra de este artista parece transcurrir entre dos climas, el de lo inverosímil y el de la certeza, poesía y filosofía, justo en el borde del encuentro entre estos dos aparentes opuestos pero tan estrechamente ligados, se desarrolla una propuesta estética que esgrime la magia de la irreverencia y la sutileza de la levedad existencial. Por eso, ciertos personajes ahí presentados definen una autobiografía discreta y recóndita, y aparecen navegando por los espacios de sus paisajes de sueño. Esos personajes, a veces niños, o seres que de pronto ostentan una descomunal morfología, quizás  sean el exacto  punto  de  su posibilidad  expresiva  tan atenta a acontecimientos extraterrestres, cósmicos o  espiritualistas, característicos del lenguaje plástico del artista.  Y es entonces cuando los ubica con sentido de elevación, a veces acompañados de particulares animales de apariencia mitológica, en una naturaleza variada. Frondas, montañas, lagos, llanuras y planicies constituyen territorios en donde los sucesos acontecen junto a algunas construcciones-refugios-altares-laberintos-ermitas, proponiendo así siempre una actitud religiosa en el sentido en que  ritos y ritmos inclinan al observador atento a trascender su visión habitual.

Guardiola trabaja mayormente con óleos, noble material, y su riqueza compositiva, su manera de distribuir los intereses y su color nos reconcilia con la verdadera pintura, pero su mensaje logra actualidad en las inquietudes que transita, con conceptos que nos recuerdan la aspiración por la belleza,  una hipótesis metafísica que reside en el espíritu y la mente en acción de este joven artista, talentoso y creativo. Blas Vidal        

Valeria Tentoni

Alucinaciones terrenales.

Apuntes sobre la obra pictórica de Nicolás Guardiola.

Hay algo ahí que empieza a aparecérsenos, y se nos niega a la vez que nos reclama: la imagen.
El trabajo de Guardiola es un incesante ir y venir entre lo vedado y lo ofrecido, una suerte de tránsito fulgurante. Desde una precisión técnica que evidencia un apego al trabajo, incansable, sobre la pincelada, se nos devela un universo frondoso y alucinógeno: el camino del sueño lúcido. Una selva donde reverberan los símbolos como voces traídas de pequeñas historias ancestrales. Guardiola ejecuta el mito y le reverencia. La metáfora es la vía por la que los personajes que crea se dan partitura y movimiento.
El realismo, en este caso, está dado por la fidelidad de los cuerpos, por el logro pictórico de las formas. Guardiola no necesita justificar yerros técnicos con excusas temáticas; muy por el contrario, logra las imágenes con una naturalidad que descoloca por la inserción en un entorno onírico, delirado. Las situaciones, por escenario, son las que quedan a cargo del hilo narrativo. Lo irreal se personifica, se da dimensión y relieve. Aparece la historia. Un guión escrito en el silencio del cuadro, que amenaza con echar a andar en cualquier momento, cuando menos lo esperemos.
Pero también se trata de un tipo de surrealismo: nos encontramos por encima del realismo. La obra sobrevuela lo terrenal, lo consiente y lo trae para sí, hacia una resignificación perturbadora. Ve el mundo y se inserta en el mundo con la potencia de lo fantástico. Ve el mundo, pero no le canta a este mundo. Como en Apollinaire, quien escribe “No canto a este mundo ni a los demás astros/ Yo canto todas mis propias posibilidades fuera de este mundo y de los astros…”. Porque si algo hay en Guardiola es una exploración de las posibilidades, una tan empecinada y tenaz que resulta una demostración de imposibilidades posibles. El límite entre realidad e irrealidad se quiebra, y en esa hendidura comienzan a germinar plantas carnívoras de dimensiones bestiales, sapos gigantescos y otros animales mágicos, entre los que se cuentan el hombre y la mujer. Así también como entre las junturas de las baldosas de las casas viejas crecen tréboles a la humedad, en Guardiola el imaginario es fruto de la exploración del límite trizado, que funciona por aljibe del que vienen a aparecer sus colores.
El ojo del que mira, señala, y se adueña. El ojo de Nicolás Guardiola, en el entendimiento de que “Ni los peces innumerables que pueblan otros cielos/ son más que lentísimas aguas de una pupila remota…” (V. Aleixandre).

Luis Sagasti

Sobre el vapor del sueño

"El juego de retirarse a lo profundo y volver para contarlo. Eso para mí es pintar", escribe en su blog Nicolás Guardiola y allí están sus trabajos como testimonio sensible de un mecanismo de introspección que elude la desconfianza que significa exhibir el propio mundo onírico. No se trata de una demorada vuelta de tuerca a la pintura metafísica o al surrealismo. No es una operación de citas, referencias cruzadas, yuxtaposiciones, trabajo con lo ya visto, sino un intento de presentar lo que la cabeza recuerda cuando nuestra voluntad es abolida cada noche.

El surrealismo presentaba una serie de escenas que tenían más que ver con el desborde imaginativo que con la verdadera naturaleza de los sueños.  La materia con que está hecho el recuerdo de los sueños se acerca más a otra cosa. Si el sueño es agua líquida, un océano de olas perpetuas, el recuerdo de ellos es vapor que el lenguaje transforma en hielo cristalino. De esos tres estados, Guardiola se detiene en el segundo: los restos del sueño antes de que el lenguaje le dé una forma narrativa, otorgue sucesión, reacomode las cosas de acuerdo al principio de identidad, donde una cosa no puede ser otra al mismo tiempo. Esta elección queda subrayada en el tono general de su pintura. Nunca es deliberadamente claro: a un paso de lo ominoso, a otro de la dicha. Las pinceladas abiertas ofrecen esa idea de incesante transformación. De acecho.

Puede constatarse en los trabajos una intención de amalgamar lo narrativo con lo arquetípico, y esto otorga a la propuesta un rico carácter paradojal. Es decir, por un lado las pinturas parecieran estar contando una historia; por otro, las imágenes, que son casi emblemas, no nos permiten elucidar de dónde vienen y hacia dónde van, como si cada una pudiera abrir un abanico muy grande de caminos alternativos. Visto de ese modo, se trata de una forma de asediar el universo onírico que recuerda algunas ideas de Gustav Jung. Parece, entonces, como si la vida ofreciera un menú de pruebas, de experiencias insoslayables que pueden ser inscriptas en un mazo de cartas cuyo orden el azar mezcla. Esta serie de circunstancias, sin embargo, podría reducirse a cuatro o cinco eventos primordiales que son puestos en foco y alumbrados desde distintos lugares. Esto es: la acción sufre una suerte de cambio escenográfico, pero persiste en su dinámica. El vuelo, la caída, la entrega, la partida, bien pueden constituirse en esos tópicos que congregan experiencias disímiles en una primera instancia y que adquieren una dimensión significativa dependiendo de quién los observe. Interesa entonces la representación de escenas inevitables como si los sueños tuvieran una función cartográfica. De otro modo: vista nuestra vida hacia atrás, tal vez podemos dividirla a partir de golpes de timón que nos han hecho llegar al océano donde nos encontramos. Proyectada hacia adelante, un número semejante de imágenes nos aguardan. Hay algo entonces que se vincula con lo inevitable.

Pero, como se dijo arriba, si en el surrealismo lo imposible se plasmaba de la manera más figurativa, máxima claridad a lo que es confuso al entendimiento, en los trabajos de Nicolás Guardiola muchas de las imágenes son inverosímiles a medida que la realidad física impone su potestad. Una metafísica no infantil sino de la infancia, entonces, donde todo pareciera ser posible; un lugar donde no hay por qué sino la certeza de ciertas magias. Así, estas pinturas parecen ser anteriores a la manzana que se come para salir del paraíso. La manzana, se sabe, añade la duda. A ese mundo posible, perdido, perdidamente imposible, se accede cuando la sucesión de pensamientos llega a la pared del cansancio; entonces la sucesión se estanca en un punto; las imágenes siguen llegando, no obstante; entonces todo se superpone y uno sueña que uno es uno pero también es otro. Que alguien entregaba un regalo o una calavera pero no era una niña quien lo hacía o sí, acaso era una niña, en un bosque, en un pantano. Ese es el discurso onírico de Guardiola: momentos superpuestos en diferentes cuadros, como si quisiera dar orden a lo que viene ya pegadito. La coherencia de su propuesta nos hace pensar que cada obra es parte del mismo sueño.

Todo parece trascurrir en cámara lenta pese a que la gestualidad impresa en sus trabajos es muy manifiesta.  El sabor del sueño que nos queda al recién despertarnos se pone de manifiesto en el vigor silencioso de su pincelada. Un expresionsimo de la mesura que une las imágenes con una lógica tenue. Ese hilo liviano que las entreteje queda expresado, en la mayoría de las obras, por una luz lechosa, como de media tarde. Fondos activos, cielos siempre nublados, que dan la idea de que el tiempo pasa, o debería estar pasando. También es cierto que el carácter sosegado de las composiciones aparece estructurado en líneas cuya ortogonalidad se adivina muy sutilmente. Los elementos que la tensionan son aquellos que por un impulso parecen abandonar esa geometría. Como esos golpes de timón que cada tanto ordenan la vida de otra manera.       

Luis Mazzarello

La inmensidad y el misterio.

Narrativa en la obra de Nicolás Guardiola.

Nicolás Guardiola suele andar por las inmediaciones de Almagro. Espíritu inquieto, músico y artista plástico, viene trabajando una obra pictórica de alto contenido narrativo.
Como los mejores autores de ciencia ficción y fantasía filosófica sus obras son estimulantes, abren un canal con registros propios y profundos a quienes se asoman a ella.
Hay algo de chamánico en la pintura de Nicolás, y no sólo por la temática propuesta sino por que inspira la apertura a nuevos paradigmas, a experimentar otros canales de percepción.

Como en la filmografía Lyncheana, Guardiola abusa del clima imperante en sus obras, siempre inquietante, atrapa fragmentos de una realidad posible, figurativa pero evanescente, concreta pero con tendencia a esfumarse.

Nicolás retrata instantes únicos. Y esa instantaneidad también es la que evoca la posibilidad de la narración.
Grandes espacios, situaciones íntimas. Tal vez simbolizando que estamos solos en la inmensidad del cosmos. En la pintura de Nicolás encontramos al individuo ante la inmensidad como misterio, o al individuo con otro individuo, en un instante, en una situación incierta, también misteriosa.
La inmensidad y el misterio, tal vez junto con la Muerte, sean las únicas certezas.

Augusto Gayubas

Crónica de la muestra "El misterio del hombre rojo"

Aquel viernes me convocó una fábula.

A las siete y media nos aproximamos al Serpa, en Pringles y Gorriti, previo pasar por un mercado chino para comprar una botella de vino tinto. Una vez dentro del espacio de arte, nos saludamos con los amigos presentes y dirigimos tímidas miradas de reconocimiento a los que no conocíamos.

Allí estaba el artífice de la muestra que se inauguraba aquella tarde, Nicolás Guardiola, con su clásica remera arrebatada a Freddy Krueger en alguna cruenta batalla en lo profundo del ensueño. Lo saludamos, tomamos nuestras copas, conversamos algunas palabras con él y con los otros queridos serpianos, y a continuación nos dejamos arrastrar por el color de las paredes y la envolvente música que sonaba en los parlantes.

Recorrimos las dos salas de la galería que exhibía un relato compuesto por una serie de pinturas (óleos sobre tela en su mayor parte) y textos intercalados que conformaban, junto con la música original compuesta y realizada por Emilio Bronzini (miembro junto a Guardiola de la banda Los Mortales), “El misterio del hombre rojo”.

La obra de Nico Guardiola siempre mantuvo una línea, o mejor dicho, una búsqueda, metafísica, indagando en contenidos surrealistas para plasmarlos en formas ajenas al surrealismo, apegadas a un lenguaje más simple y directo, que acepta los simbolismos en la medida en que el espectador esté dispuesto a recorrerlos, sin necesidad de conocimientos o experiencias previos, eludiendo todo resto de elitismo. Ello se percibe en la misma idea de construcción de relatos, tan presente en la obra de Guardiola que, sin embargo, parece ser a la vez un alegato contra las formas convencionales de relatar.

“El misterio del hombre rojo” se inserta sin dudas en las exploraciones estéticas y narrativas que viene desarrollando Guardiola desde hace años, aunque con el agregado que supone la búsqueda de rupturas consigo mismo, la apelación a nuevos criterios plásticos, el mismo desfasaje hacia lo oscuro y lo rojo que pude ir percibiendo en sus últimas obras. Y sumado a ello, la audacia que supone la configuración de una articulación entre imagen y palabra, cuidadosamente modelada para no redundar ni explicar, para no intervenir demasiado en las emociones y los sentidos de los espectadores en tanto protagonistas del arte, acaso la parte más importante del intercambio. La música, aquella divinidad que rige nuestros destinos y nos quiebra por dentro y por fuera, parecía ser el engrudo que facilitaba la perfecta combinación de esas distintas (pero equiparables) expresiones estéticas.

 “El misterio del hombre rojo” es la historia transhistórica de un enigmático personaje. Un ser más allá del principio y del fin, más allá del bien y del mal, que llega un día a la tierra porque la tierra misma lo llamó. Una especie de observador que viene de fuera, que descubre, sin conocer de antemano, pero que tampoco parece buscar conocer, a diferencia de los conquistadores que buscan clasificar y colonizar. El hombre rojo no viene a conquistar. Por lo tanto, tampoco a comprender. Su búsqueda, su descubrimiento, pasa por la vivencia misma, por las emociones que dimanan de la experiencia.

Pero ese ser que viene de fuera también parece ser lo múltiple contra lo uno. Ese estado de la conciencia que no sabe de conceptualizaciones, que se esconde en lo más profundo de uno mismo. Que clama por anteponer el ser al deber ser, la mirada al juicio. El saber (el sentir) a la comprensión.

Días más tarde, con mi amigo el Turco discurríamos sobre el hombre rojo: ¿hombre, dios, demonio? Nombres tan caros a nuestra limitada forma de concebirnos. Acaso un demiurgo de lo no creado. Un antiguo entre lo nuevo, pero un mesías entre lo que será viejo.

Cuando su aparición o su identidad parecían el misterio, de pronto, el verdadero misterio resultó ser su desaparición. Cuando la última pintura nos lo muestra deshaciéndose, despidiéndose, su presencia se adivinó sabida, resuelta, y el misterio resultó ser su partida. Y el fin, San Rojo, la santificación de lo que no es. Al final, todo se reduce a esta sentencia: “Cuando la razón se nubla, nace el misterio”.

El resto de la velada, como de costumbre, nos encontró pasándola bien con amigos, conocidos y extraños. Comiendo un rico guiso de lentejas con vino para paliar el hambre y el frío que se iban adueñando de la noche. Conversando y compartiendo.

Cuando promediaba la medianoche, decidí acompañar a Lili a la plaza Once. Nos despedimos, nos tomamos el 168 y una vez en la plaza, ella emprendió su largo recorrido. Yo por mi parte inicié la caminata hacia la parada del 71. Ahora sí se sentía el frío. Y aquel era el momento para reflexionar sobre la muestra.

Finalmente, lo que me había convocado ese viernes era una fábula sin moraleja. Si acaso existe tal cosa. Y casi pude sentir el aliento del hombre rojo sobre mi hombro cuando iba caminando a la parada del bondi, diciéndome amigablemente: “Para qué llamar fábula a lo que simplemente es”.

De inmediato me vinieron a la mente las palabras finales del poema escrito por Nicolás Gadda Thompson en ocasión de la muestra de Guardiola:

El hombre rojo es y siempre lo será
Hijo pródigo de nuestra terca voluntad.

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